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«Ali y la función de nombrar por su propio nombre»

…De la falta, viene el ser…

Parece que el nombre propio es algo que delimita, algo que encierra.

Un lingüista decía: un nombre propio es algo que vale por la función distintiva de su material sonoro, es el rasgo distintivo, el fonema como acoplado a un conjunto de una cierta batería de cosas, en la medida que no es lo que son los otros lo que encontramos ahí, como debiendo designar el rasgo especial, el uso de una función. Pero es más que eso, el nombre propio es una función volante.

Todo lo que los teóricos, y especialmente los lingüistas han tratado de decir sobre los nombres propios es que son indicativos y demostrativos, pero tropiezan con la incapacidad de decirnos en qué, de qué.

Situar al nombre propio como un concepto límite, no alcanza, nos queda a deber, debido a que funciona como representante de lo que no se puede decir, porque, es esencialmente «la falta» el verdadero lugar donde vemos nuestras marcas y donde nos identificamos.

Si hay alguna marca con la que un nombre propio podría ser llamado esencialmente como indicativo, sería para indicar la continuidad de nuestra propia historia, nuestra marca esencial sería, si fuera posible ceñirla, la continuidad de nuestra historia.

«Ali y la función de nombrar por su propio nombre»

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