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«Entre dos muertes»

…¡hacer y, haciendo, hacerse!…

¿Qué es lo que sostiene el diálogo boxístico, frente a lo que así se bosqueja como una especie de obsolescencia de la persona, donde la consigna pareciera ser suplir lo humano y todos sus inconvenientes que ésto trae aparejado por la Internet, así como suplantar a la literatura por la televisión, en una disputa ya hace tiempo ganada por esta última? La enorme maquinaria de las armas de desinformación masiva apuntan, con precisión quirúrgica a la degradación cotidiana de la intimidad de la persona, a enajenarla, es decir, hacerla ajena de sí misma, que no habría tiempo para preguntarse sobre todo aquello que siéndole profundamente íntimo desconoce, en lugar de mirar, escuchar, acompañar y sostener un diálogo boxístico por largo tiempo, pareciera que algo así solo sería posible en un lugar fuera de lugar.

Contrariamente a la imagen caricaturesca del boxeo y sobre el boxeador, que hay por ahi y por allá, yo concibo su presencia como una presencia plena, activa, completamente centrada en el deseo y en lo humano.

«Entre dos muertes»

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