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…Sobre boxeo, sublimación y cultura…

Las masas no admiten la renuncia de sus pulsiones insaciables. Sólo con el ejemplo de ciertos individuos que con su labor adquieren el estatus de guías pueden reprimir sus pulsiones y dar cabida así al ser-en-la-cultura, al ser-en-la-sociedad-de-personas-civilizadas. Sólo así puede la cultura perdurar, porque los hombres ni aman el trabajo ni se dejan convencer fácilmente por argumentos que frenen sus pasiones. En pos de la vida humana en sociedad, hasta llegar a lo que llamamos civilización, se instituyó la prohibición de matar; asi como reza el quinto mandamiento: No matarás. De lo contrario, el homicida atraería sobre sí la venganza de los familiares del muerto y la oscura envidia de los demás hombres, igualmente inclinados a semejante violencia. No tardaría, pues, en morir a su vez sin haber disfrutado apenas de su venganza o botín. De no seguir este mandato los asesinatos se sucederán sin límite, hasta quedar agotada la humanidad en esta lucha fraticida… Pero la inseguridad que amenazaba por igual la vida de todos los hombres acabó por unirlos en una sociedad que prohibió al individuo atentar contra sus semejantes y se reservó el derecho de matar a quienes transgredieran este mandato. La muerte impuesta por la colectividad pasó entonces a ser justicia y castigo. El precepto de no matar y la consecuente civilización, no es fruto de una revelación que caiga de lo alto por la Gracia de un Dios omnipotente, sino fruto de lo puramente humano. Dicho de un modo aún más claro: La vida humana en común sólo se torna posible cuando llega a reunirse una mayoría más poderosa que cada uno de los individuos y que se mantenga unida frente a cualquiera de éstos. Esta sustitución del poderío individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la cultura.

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